Migración, bandas delincuenciales y estigma – Columna de Jhon Torres – Delitos – Justicia



Por sus ostentosas –y la verdad, poco estratégicas– demostraciones en redes sociales, pero sobre todo por la violencia de sus crímenes, los colombianos nos estamos notificando de la presencia en el país de temibles bandas venezolanas que se abren espacio a sangre y fuego en el mundo del hampa criolla.

‘Yeikos’ y ‘Melean’ son las más sonadas de los últimos días. Pero entre los más de 1,8 millones de venezolanos que han llegado en los últimos cinco años se han colado decenas de organizaciones criminales que entraron a competir por las rentas criminales más productivas en los centros urbanos: microtráfico, explotación sexual de sus connacionales y hurto en todas sus modalidades.

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La creciente oleada de robos de las últimas semanas, en los que han estado involucrados migrantes, y la violencia sin sentido que utilizan algunos de esos delincuentes representan hoy por hoy una de las mayores preocupaciones de los colombianos. Y la ruidosa exposición de las bandas más organizadas es, sin duda, un campanazo para todas las autoridades involucradas en la tarea de combatir el crimen, sea cual sea su acento.

Pero a la par de esas alertas más que justificadas –y que obligan una respuesta contundente– está corriendo un creciente sentimiento de estigmatización hacia los venezolanos en general que peca por simplista e incluso por negacionista de la larga historia de la criminalidad colombiana.

A corte de este domingo, en las cárceles del país había 108.000 presos: 1.467 eran venezolanos, es decir, menos del 1,5 %

Simplista porque responsabilizar a la migración del deterioro en la seguridad ciudadana no aguanta el cotejo con las cifras. A corte de este domingo, en las cárceles del país había 108.000 presos: 1.467 eran venezolanos, es decir, menos del 1,5 %. Además, los venezolanos que se dedican al delito no son ruedas sueltas: son mano de obra barata –si se quiere, carne de cañón– para las mafias de todas las pelambres, que siguen en manos de colombianos y que sacan provecho de todas las poblaciones vulnerables, sean migrantes, desplazados o indigentes.

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Y claro que bandas como la de los ‘Melean’ siembran terror, pero en recursos y métodos no parecen muy diferentes de estructuras del crimen ya endémicas en el país, empezando por las tenebrosas ‘oficinas de cobro’ del narcotráfico.

Y no termina de ser por lo menos paradójica la estigmatización hacia los venezolanos en una nación que históricamente ha sido víctima del maltrato hacia sus ciudadanos en el exterior por cuenta de los pecados de algunos pocos colombianos, estos sí delincuentes profesionales del narcotráfico, el ‘gota a gota’ y las redes de trata de personas, entre otras ilegalidades.

Siendo esto así, es también claro que se requieren acciones efectivas para frenar esta delincuencia. Y el primer paso es enfrentarla con todos los recursos: desde una mejor inteligencia hasta la judicialización y condena efectiva de los responsables de crímenes. Para eso, se necesita completar el proceso de identificación plena de los venezolanos en Colombia –difícil, por la inexistente colaboración de las autoridades del país vecino– y, consecuentemente, optar por judicializar a los capturados y no por la vía fácil, que es deportarlos.

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La posibilidad real de terminar en la cárcel y condenado –no al otro lado de la frontera y listo para entrar de nuevo por cualquier trocha– es un mensaje que se debe enviar a esos venezolanos que han desdeñado la mano tendida por Colombia.

JHON TORRES
Editor de EL TIEMPO
En Twitter: @JhonTorresET

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